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"Cuentos E Historias De Navidad"
Imagina una estrella brillante que nos recuerda que todo comenzó con una chispa de inspiración. O una ventana con nieve, donde cada copo trae consigo recuerdos nostálgicos de momentos pasados. También exploramos el significado de un regalo envuelto, porque lo que importa no siempre se ve a simple vista. Y no podemos olvidar las cartas escritas a mano, esas palabras que viajaron sin timbre, cargadas de emociones y anhelos...

¡Acompáñanos en este viaje literario y deja que cada cuento te hable al corazón.
Portada de la historia "El Guardián Del Último Solsticio".
Alba Liliana Rodríguez
Autora

El Guardián Del Último Solsticio
Título


Resumen
Una interesante historia llena de fantasía y de navidad.


En la ciudad de Hierro Gris, donde la Navidad era sólo un destello en las pantallas publicitarias, un niño llamado Leo encontró un libro. No estaba en una biblioteca, sino abandonado en un banco del parque, cubierto por una leve capa de escarcha. Su portada era extraña: parecía un espejo empañado que, al limpiarlo con la manga, revelaba un cielo estrellado con nieve en movimiento. Al abrirlo, una carta escrita a mano se deslizó entre sus páginas. Las palabras eran simples, pero urgentes: "Alguien debe recordar. O todo se perderá".

Leo, con el corazón agitado, corrió a su escondite: el viejo cobertizo detrás de su casa. Allí, colocó una vela encendida que guardaba para momentos especiales, y comenzó a leer...

La historia hablaba de un lugar lejano, el Valle del Susurro Invernal, donde una estrella brillante había caído hacía eones. Esa estrella, llamada el Latido de Diciembre, era el núcleo de toda la magia estacional. La protegía una familia de renos de pelaje cambiante, que reflejaba las auroras boreales.

Pero algo andaba mal. Una fuerza fría y silenciosa, el Vacío, estaba absorbiendo los colores y los sonidos del valle. Su avance podía medirse en el gran reloj antiguo de la plaza de hielo, cuyas manecillas retrocedían de manera perturbadora. El único capaz de contenerlo era el Guardián de la Memoria, un ser hecho de ecos de risas pasadas, cuyo instrumento era un viejo tambor decorado con símbolos del solsticio. Sin embargo, el Guardián se debilitaba; en sus manos, un par de guantes rotos dejaban escapar hilachas de luz dorada.

Leo leyó, con los ojos muy abiertos, cómo los pequeños seres de luz del valle, unos niños con gorro navideño hechos de chispas danzantes, intentaban sin éxito preparar una piñata colorida llena de los últimos recuerdos de bondad, para alegrar al Guardián. Era un intento conmovedor pero inútil. Junto al árbol navideño eterno, cuyas raíces bebían de un manantial de sueños, la joven soberana del valle, Elara, había colocado un regalo envuelto en hojas de plata. Dentro yacía el último fragmento del Latido de Diciembre.

"Para salvar el valle", decía el libro con letras que parecían temblar, "un corazón del Mundo Sin Encanto debe cruzar el umbral. Debe creer en lo que vea, llevar el regalo al corazón del Vacío y entregarlo antes de que el reloj marque la hora cero".

Leo cerró el libro, aturdido. El aire en el cobertizo olía a tierra fría y a la cera de la vela encendida. Miró por la pequeña ventana con nieve verdadera que tenía el cobertizo. Y entonces lo vio. En el buzón con un sobre dorado de su propia casa, algo brillaba con una luz tenue y propia. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo. El sobre estaba helado al tacto. Dentro no había papel, sino una radio vieja, no más grande que su mano. Al girar el único dial, no surgió música, sino un susurro claro y cercano: "El espejo es real. Tu viaje ya comenzó".

Se calzó sus zapatos viejos en la nieve, los mismos que usaba para jugar, ahora húmedos y pesados. Con el libro bajo el brazo y la radio en el bolsillo, volvió al cobertizo. Se colocó frente al libro abierto, donde la imagen del espejo empañado parecía más profunda que antes.

Respiró hondo y, con una voz que apenas reconocía como suya, murmuró: "Yo quiero recordar".

El mundo giró. La nieve de la página no era una imagen, era real, fría y húmeda en su rostro. Una puerta se abrió en el aire frente a él, no con un crujido, sino con el sonido de un campanillo distante. Cuando el vértigo cesó, Leo estaba en el Valle del Susurro Invernal. La primera persona que vio fue a Elara. Ella no dijo nada, solo le ofreció una taza humeante de un líquido ámbar que olía a canela y a bosque. "Te dará valor", dijo, y su voz sonó como el crepitar del fuego.

La misión era clara. Tomó el regalo envuelto. Era más ligero de lo que esperaba, casi como si contuviera sólo aire. Su camino lo guiaría la estrella brillante, ahora mortecina, que colgaba sobre las montañas. El Vacío era una presencia, una falta de sonido y de calor que lo seguía. En un momento, al borde de un puente de cristal que parecía a punto de desmoronarse, se encontró con la Figura del Olvido. Era alta y borrosa, y extendía unas manos que llevaban la marca de unos guantes rotos.

Leo recordó la ofrenda. Sacó de su bolsillo la taza humeante, que milagrosamente aún conservaba un último sorbo. La ofreció. La Figura la tomó con cuidado. Al beber, un brillo cálido recorrió sus grietas, y los guantes se remendaron solos, tejiéndose con hebras de luz. El puente se solidificó, hecho ahora de hielo irrompible.

El final del camino era un círculo de piedras blancas bajo la estrella brillante. Allí, en el centro, flotaba el reloj antiguo. Un tic-tac fantasma llenaba el aire. Dos formas oscuras y gemelas, los ecos del primer frío y la primera noche, giraban una alrededor de la otra, nunca tocándose. Eran el núcleo del Vacío: la separación eterna.

Con un último suspiro de valor, Leo colocó el regalo envuelto en el suelo, exactamente entre ellas. Las hojas de plata se deshicieron como azúcar. Del interior estalló una luz blanca y pura, una calidez que no quemaba, sino que acariciaba. La luz envolvió a las dos formas oscuras en un abrazo entre sombras. Un sonido como un gran latido recorrió el valle. El Vacío se disipó con un suspiro. El reloj antiguo se detuvo. Y entonces, desde el pueblo de luz, llegó el sonido festivo del viejo tambor decorado siendo golpeado con alegría, y el estallido de la piñata colorida, liberando un arcoíris de memorias restauradas que subió al firmamento.

Leo parpadeó. Estaba de vuelta en el cobertizo, tiritando. El libro yacía cerrado en el suelo. La vela se había apagado. ¿Lo había imaginado todo? Salió, con los pies entumecidos por el frío. En la cocina de su casa, sus padres discutían en voz baja sobre facturas. Sintió un nudo en el estómago. Sin planearlo, se acercó y se aferró a ambos, enterrando la cabeza entre ellos. La discusión se cortó. Hubo un silencio, luego un brazo, y luego otro, lo rodearon en un apretudo y cálido abrazo.

A la mañana siguiente, Navidad, el mundo no había cambiado, pero el aire parecía más limpio. Al salir, Leo encontró, colgando con cuidado del buzón con un sobre dorado, ahora ordinario, un par de guantes rotos. Pero alguien los había remendado con un hilo dorado, irregular pero fuerte. Y en el alféizar de la ventana con nieve, su padre había dejado una taza humeante de chocolate, esperándolo.

La avención no había terminado en un libro. Había cruzado el umbral hacia su propio mundo. Y Leo supo, con una certeza que le calentaba el pecho, que la historia continuaba cada vez que alguien elegía el recuerdo sobre el olvido, el abrazo sobre la distancia. El valle y su mundo ya no estaban separados. Y en el viento invernal, una frase le llegó, clara y dulce, como el tañido de una campana lejana:

“Feliz Navidad 2025”.

Era más que una fecha. Era una promesa de regreso, un faro en la noche invernal del alma. Y Leo, el guardián del último solsticio, sonrió. La próxima vez, tal vez, sería él quien dejará el libro para alguien más.

FIN.

Portada de la historia "Un Milagro En Navidad.".
Irandi Cipactli Álvarez Martínez
Autora

Un Milagro En Navidad
Título


En una noche fría de navidad, cuando la esperanza parecía haberse apagado, ocurrió algo inesperado. Esta historia narra como un pequeño milagro transformo la tristeza en alegría y recordó a todos que la navidad no solo vive en los regalos si no en la fe y el amor en la familia.


Había una vez un pueblo llamado alegría donde vivía Andi y su hijo kenai, ellos vivían felices en aquel pueblito, cuando de repente surgió la desgracia.

Todo comenzó con una chispa y un incendio terrible terminó quemando su casa, perdieron todo excepto un cuadro familiar y poca ropa que rescataron del incendio, quedando desamparados, y tristes se fueron a vivir debajo de un puente, kenai miró al cielo y vio que pasó una estrella brillante y le pidió un deseo estrellita deseo tener una casa bonita para que mi mamá ya no este triste y vuelva hacer feliz.

Al siguiente día llego el sacerdote de la iglesia y hablo con Andi diciéndole que tenia una casa para ella y su hijo que ahí podían vivir mientras encontraban otra casa mejor. Llegaron a una casita humilde donde la lluvia y el frio entraban por todos lados esa noche empezó a nevar, Andi se acerco a una ventana con nieve y miro hacia afuera, y recordando que hace tiempo compro un billete de lotería que guardo en el cuadro familiar, fue a buscar el cuadro lo abrió y ahí estaba el billete, lo tomo y le dio a kenai un regalo envuelto en papel y diciéndole hijo toma te doy este regalo lo que importa es el detalle.

Kenai lo abrió y le dijo gracias.

El hizo una carta escrita a mano para su mamá y la puso en un árbol de navidad que ya estaba en la casa, de hecho, también había un reloj antiguo, una piñata colorida y un par de guantes rotos, en la esquina de la casa estaba un radio antiguo donde escuchaban la música más bella navideña, ya para cenar, Andi agarro una taza humeante de café y la puso en una mesa rota y pequeña también coloco una vela que encendió con la leña de la fogata. Aun lado de la casa estaba un bosque donde habitaban una familia de renos, en la entrada principal estaba un buzón con un sobre dorado.

Cuando terminaron de cenar llegaron unos niños con gorros navideños diciéndole a kenai que saliera a jugar con ellos, su mama le dio permiso y cuando salió de la casa levanto la cabeza y vio un cielo estrellado cayendo nieve sobre de él. A lo lejos se escuchaba un viejo tambor tocando una canción que le traía recuerdos de su papá. Los niños fueron corriendo haber quien tocaba el tambor y vieron un señor con un par de zapatos viejos recargado en un espejo empañado, cuando kenai lo vio grito: papá corrió a darle un fuerte abrazo entre las sombras de la oscuridad.

Kenai le dijo papa vamos a casa con mi mamá y se fueron tomados de la mano, cuando llegaron a la casa la puerta se abrió y Andi con lagrimas en los ojos corrió abrazar a su esposo que hace años se marcho a la guerra y pensaban que ya había fallecido por no saber nada de él. En la radio vieja donde escuchaban música se escuchó una voz diciendo los números ganadores de la lotería, Andi le dijo a kenai que el regalo que le dio era un boleto de la lotería que fuera por el para saber que números tenia el boleto, kenai corrió al árbol de navidad donde lo había puesto abrió el regalo y volvieron a escuchar los números ganadores, gritaban ganamos la lotería.

Todo fue jubilo y alegría y así UN MILAGRO EN NAVIDAD llegó.

Portada de la historia "La Forma Que Tiene El Presente".
Grecia Edith Velasco López
Autora

Luis Carlos Calderón
Colaborador

La Forma Que Tiene El Presente
Título


Un hombre recuerda cómo fueron las navidades con su padre, y tras perderlo, cómo continuaron y son en su actualidad.


No recuerdo en qué momento exacto empezó todo. Tal vez fue cuando ajusté el listón del regalo, o cuando la casa quedó en silencio por unos segundos, ese silencio raro que solo existe antes de que un bebé despierte. Lo cierto es que, mientras envolvía el regalo más hermoso, pensé en mi padre. No en su voz, ni en su rostro completo, sino en sus manos; grandes, agrietadas. Manos que sabían sostenerme y, al mismo tiempo, soltarme demasiado pronto. Recordé sus zapatos viejos, siempre junto a la puerta, marcados por caminos que nunca supe del todo, y claro también en unos guantes gastados que usaba incluso cuando ya no abrigaban como promesas rotas que aún así intentaban cumplir su función.

La primera navidad que recuerdo con claridad fue una de muchas parecidas. Mi padre aún estaba conmigo. Aún llegaba a casa y me llamaba por mi nombre con esa forma seca que tenía de hacerlo, como si pronunciarlo le costara trabajo. Había luces en la ventana, pocas, y una estrella mal puesta que nunca quedó derecha del todo. Él decía que así estaba bien, que no importaba la perfección. Yo aprendí después que no era eso lo que quería decir. En casa siempre olía a algo tibio y quemado. No supe distinguirlo en ese entonces. Solo sabía que algunas noches mi padre se quedaba sentado frente a la radio vieja, girando la perilla hasta que aparecía una canción triste de las que le gustaban. La música llenaba el espacio que él no sabía cómo habitar. A veces yo sostenía una taza humeante entre las manos, no tanto por el calor, sino por la excusa de quedarme despierto a su lado.

Era duro conmigo, no cruel, no siempre. Duro como quién cree que el mundo no perdona y decide adelantarse. Me enseñó a no llorar frente a otros, a guardar silencio cuando algo dolía, a agradecer sin pedir. También me cargó sobre los hombros una vez para que alcanzara a poner la estrella. Recuerdo eso con una precisión que me asusta.

No voy a decir cuándo empezó a beber de más. No lo supe entonces y no importa ahora. Solo sé que hubo un día en que por ello dejó de volver. Un día sin estrella, sin radio, sin manos. Después vinieron palabras nuevas: accidente, trámite, institución.

Y una puerta que no era la de mi casa.

El orfanato tenía un olor distinto. No digo que fuera malo, solo ajeno. Era como si todo estuviera siempre a medio terminar: las risas, los adornos, los abrazos. Afuera había un buzón donde durante mucho tiempo esperé ahí un mensaje que nunca llegó.

Mi primera Navidad ahí fue… extraña. No triste como yo esperaba, tampoco feliz. Diferente. Nos dieron suéteres iguales, y todos teníamos gorros navideños diferentes. También un poco de chocolate demasiado caliente y un árbol que no pertenecía a nadie en particular. Me acuerdo de pensar que la memoria tenía forma de árbol: cada rama guardaba algo, aunque no supieras bien de dónde venía. Esa noche alguien colgó una piñata improvisada en el patio y, cuando se rompió, el aire se llenó de papel y risas. Cerca del árbol había unos renos de cartón mal pintados y torcidos hasta de forma graciosa. A veces la música que ponían cambiaba todo el silencio, incluso cuando usábamos instrumentos viejos que nos prestaban. El ritmo hacía espacio como si nunca se hubiera ido de nuestras vidas.

Esa noche miré por la ventana cubierta de nieve artificial y entendí algo sin poder nombrarlo: no estaba solo, pero tampoco estaba en casa. El cielo, aunque falso desde el vidrio, parecía estrellado de una manera distinta, como si prometiera algo que aún no sabía pedir. Y aun así, por primera vez en mucho tiempo, dormí sin esperar pasos en el pasillo.

Crecí ahí. Aprendí a no hacer preguntas largas. A escuchar historias ajenas como si fueran propias. A encender una vela sin pedir permiso cuando se iba la luz. A escribir cartas que nadie enviaba, pero que servían para no olvidar cómo se decía lo que dolía. Más de una vez me miré en un espejo empañado del baño común y supe que lo que veía no era exactamente mi reflejo, sino alguien tratando de entender quién estaba siendo. Y también aprendí otra cosa, más despacio: que el cariño podía ser suave. Que no tenía que doler para ser verdadero.

Todo eso me volvió ahora, mientras coloco el regalo bajo el árbol de mi casa. Nuestro árbol. No es perfecto, pero es firme. Javier duerme en la habitación de al lado. Respira como si el mundo fuera un lugar seguro. Y lo es. Al menos eso intento. El reloj antiguo de la sala marca las horas sin prisa, como si el tiempo, por una vez, supiera esperar.

El regalo no es grande. No lo recordará. Tampoco sabrá nunca que esta navidad fue distinta para mí por razones que él no entiende aún. Porque al tomarlo en brazos hace un rato, sentí algo que no sentí con mi padre: calma. No miedo a fallar, no urgencia… Calma.

No le prometí nada en voz alta. No hace falta. El regalo no está envuelto sólo en papel. Está hecho de decisiones. De días sobrios, de silencios que no esconden nada. De una mesa compartida. De presencia.

Mi padre me dio lo que pudo. Lo sé ahora. Y también sé lo que no pudo darme y no lo juzgo, pero tampoco lo repito.  

Mientras apago las luces del árbol, entiendo que no estaba recordando para dolerme. Estaba recordando para cerrar. Para agradecer lo que fue y soltar lo que no.

Mañana Javier abrirá el regalo con torpeza. Yo estaré ahí. No como un hombre que sobrevivió, sino como un padre que eligió estar sano.

Y por primera vez, la Navidad no será una memoria: será mi presente.

FIN.
  

  

Portada de la historia "La Maldición Del Cazador Aurora".
Jorge Hernando Higuera Sandoval
Autor

La Maldición Del Cazador Aurora.
Título


RESUMEN
Centrado en el año 1715 un grupo de piratas son maldecidos por un error de su capitán que solo se solucionará con un verdadero arrepentimiento, y liberación.


En la Nochebuena de 1715, el capitán Kaleb Rhook contemplaba el sufrimiento tallado en su propia mano: la silueta fantasmal de un árbol navideño que le helaba los huesos. Afuera del camarote, un cielo estrellado con nieve se reflejaba en una ventana con nieve empañada por su aliento. El reloj antiguo que siempre llevaba en el bolsillo repicó con un sonido a cristal quebrado, recordándole que el tiempo se agotaba. No era el frío invernal lo que lo consumía, sino la maldición del Cazador Aurora, el barco fantasma al que había robado, por burla, un regalo envuelto en seda blanca.

La marca en su mano era un recordatorio constante, como lo eran los guantes rotos que toda su tripulación llevaba, incapaces de ocultar el mismo símbolo helado que a todos les crecía en la piel. La desesperación los había llevado a seguir un rastro fosforescente en el mar, una estela que brillaba como una estrella brillante hundida, hasta una laguna olvidada por los mapas. Allí, bajo la luz de una vela encendida que temblaba en la cabina, Rhook recordaba la advertencia llegada en un buzón con un sobre dorado, dentro del cual una carta escrita a mano lo conminaba a “devolver lo robado al árbol donde la sombra abraza a su dueño”.

El grumete Tommy, un muchacho de ojos demasiado viejos para su edad, era el guardián de un artefacto inquietante: una caja de susurros de latón y nogal que había encontrado en la bodega del barco fantasma. No era una radio vieja, sino algo más profundo y triste: el diario acústico de un fantasma llamado Silas, cuya voz, entrecortada por estática y sollozos, a veces dejaba escapar fragmentos de villancicos o la pregunta desesperada de una niña sobre si los renos volaban. Esa caja era la prueba de que la maldición tenía un corazón herido.

En la laguna, el Cazador Aurora se alzaba como un espectro de madera y escarcha. En su cubierta yacía, inmóvil, una familia de renos esqueléticos, ataviados con arneses de metal oxidado. Los piratas, con los nervios a punto de quebrarse, intentaban aferrarse a cualquier normalidad. Rhodes, el primer oficial, pasaba el tiempo preparando una piñata colorida con retales de vela vieja, un acto de absurda esperanza. Mientras, un par de zapatos viejos en la nieve, aparecido de la nada en la cubierta del Licor Ponche, les recordaba el destino de evaporarse sin dejar rastro.

Cuando Rhook y unos pocos valientes cruzaron la pasarela desde el Licor Ponche y abordaron la cubierta del barco fantasma, el silencio era más aterrador que cualquier estruendo. En la cabina del capitán, un espejo empañado no reflejaba el presente, sino un pasado atrapado: mostraba un abrazo entre sombras, la silueta del capitán fantasma, Alistair Moore, estrechando a su hija perdida bajo las ramas de un árbol navideño decorado con velas vivas. Era la escena del crimen emocional, el “árbol” del que hablaba la leyenda.

El espectro de Moore se materializó, su voz el crujido del hielo bajo el peso. Acusó a Rhook de haber robado la Ofrenda del Solsticio, el único objeto que mantenía a raya el invierno eterno para su alma atormentada. “No basta con devolverlo”, susurró el fantasma. “Debe ser dado con verdadera intención. Debe ser un regalo”.  

Rhook, con el peso de un año de frío interno, entendió. No se trataba de una transacción, sino de una expiación. Rompió el envoltorio del regalo envuelto. En su interior no había joyas, sino un viejo tambor decorado, un juguete sencillo y querido. Con una determinación que le nació de lo más hondo, no se lo entregó al espectro, sino que se acercó al espejo empañado y lo colocó contra el vidrio, ofreciéndoselo a la niña fantasma atrapada en el recuerdo. “Esto es tuyo”, murmuró, y sus palabras no fueron de un pirata, sino de un hombre roto. “Lo siento”.

En ese instante, ocurrió el milagro. Una puerta se abrió en la superficie del espejo, no hacia otro lugar, sino hacia dentro, liberando una oleada de aire cálido que deshizo la escarcha de la cabina. Rhook, en un último acto de desprendimiento, tomó una taza humeante de ponche que siempre llevaba consigo, su único consuelo en las noches largas, y la dejó como ofrenda al pie del espejo. Fue ese acto de dar algo propio y valioso lo que quebró el hechizo.

La estrella brillante clavada en el mástil del Cazador Aurora estalló en una lluvia de chispas doradas que se elevaron hacia el cielo estrellado con nieve, disolviendo la niebla mágica. La marca en las manos de los piratas se desvaneció, y el dolor helado los abandonó. Los guantes rotos fueron sólo guantes otra vez.

De regreso en su barco, con el amanecer del primer día de 1716 tiñendo el horizonte de rosa, la tripulación liberada celebró con una alegría brusca. Rhodes rompió por fin su piñata colorida, y risas genuinas llenaron el aire. Tommy acunaba la silenciosa caja de susurros, ahora en paz.

En su camarote, Rhook encontró una última nota en el buzón con un sobre dorado. La caligrafía, ahora serena, decía: “Un regalo dado, incluso por un canalla, paga la deuda más pesada. El invierno en el alma retrocede. Que encontréis puertos cálidos. Feliz Navidad 2025.” No entendía el año, pero el significado caló en su pecho, más cálido que cualquier ponche.

En el muelle, al llegar a un puerto seguro, vio un par de zapatos viejos en la nieve, dejados junto a un farol como si alguien, por fin, hubiera entrado en casa. La nieve seguía cayendo, pero el frío que ahora sentía en la cara era sólo el del invierno, y no el del alma. La maldición había terminado, y en el aire quedaba el tenue y dulce aroma de una vela encendida que, tras iluminar la oscuridad más profunda, se apaga en silencio, su trabajo cumplido.

FIN.

¡FELICES FIESTAS FAMILIA RADIO MAZZ!


Portada de la historia "El Reno Perdido".
Estefanía Martínez
Autor

El Reno Perdido
Título

"Es una historia sobre la familia de renos que vuelan con San Nicolas llevando regalos, pero se pierde uno de ellos."


Aquella mañana en la casa de Santa Claus era maravillosa, todos trabajaban diligentemente para hacer llevar felicidad a los niños del mundo.

Ellos eran una familia de renos, que ayudaban a San Nicolás a organizar el envío de los juguetes.

Los niños acostumbraran a hacer sus solicitudes por medio de una carta escrita a mano. Enviaban las cartas a un buzón dorado que se encontraba en la parte de afuera de la casa de Santa...

Esa noche estaba muy tranquilo pero Santa Claus sintió un presentimiento extraño, como si la noche presagiara algo distinto para todos ellos en un futuro. Santa siempre tenía este tipo de sensaciones, entonces previniendo, les dijo a sus amigos, que revisaran que todos los juguetes y solicitudes estuvieran completas.

Al otro día en el granja de Santa, la familia de renos se despertaron muy temprano, pero en vez de ser 8 eran 7 los renos, uno se había desaparecido.

En la Noche se escuchó un ruido muy fuerte y el pequeño reno corrió por instinto, llegando hasta el rio. Era el reno más joven de la manada. El reno abrió los ojos y no estaba en su casa, pero vio unos niños con gorros navideños y se puso a jugar con ellos, esperando que sus padres llegaran. Incluso ellos lo invitaron a su casa para darle comida y abrigo.

En la granja lo buscaron por todas partes, pero no lo encontraron, luego van a la fábrica de Santa y tampoco lo encuentran. El tiempo se detuvo por un instante, no podían creer que estaba desaparecido. Miraron hacia afuera de la ventana buscándolo, pero nada y empezaron a buscarlo en los alrededores, pero no lo hallaban.

Siempre escuchaban en un radio viejo, donde sintonizaban www.radiomazz.com y reportaron allí la desaparición del reno. Recordándoles a todos al aire: “lo importante que es la manada y que ahora uno de ellos estaba perdido.”

Pero nadie notificaba ninguna pista. Deseaban que la puerta se abriera y que regresara saltando como siempre... Eran unos momentos muy difíciles para ellos, definitivamente se abrigaban con esperanzas y promesas.

Encendieron una vela para pedir a los ángeles y al Padre que los ayudaran en la misión y que les dieran alguna señal. Al otro día en el cielo vislumbraron una estrella brillante, y la empezaron a seguirla. Entonces, caminaron a través del bosque de pinos, luego pasaron el aserradero, luego unas colinas y por ultimo llegaron al rio donde lo vieron jugando con los niños, como el que encuentra un regalo envuelto debajo de un árbol de navidad, cuidado y protegido.

La distancia se acorto sin palabras con un abrazo y un beso, además, agradeciendo a la familia que lo cuidó.

De regreso en la granja el ritmo de un viejo tambor, cambio el silencio cuando estábamos celebrando por el encuentro del pequeño reno. Además, prepararon una piñata colorida. Hubo muchos quienes celebraron el regreso: San Nicolas, los Elfos, Nomos, Hadas, Duendes, Enanos, la familia de renos, la familia que lo cuido.

Recordando el camino recorrido, esta familia de renos este año ha pasado por mucho, pero han aprendido, sobre lo importante que es cuidar a cada uno de los miembros de esta esa manada. Ahora antes de emprender el viaje para llevar los regalos, iniciaron un rito nuevo cada año, de compartir una taza humeante de chocolate caliente en un círculo, donde les da la oportunidad de hablar, reflexionaban, desahogarse de las cosas difíciles que han pasado; pero también brindar por todas las cosas maravillosas y la bendiciones que han recibido del Padre, y sobre todo, celebrar lo más importante que es la familia.

FIN
  


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